Es seguro que para muchos palentinos la figura del vecino ilustrado Miguel Ruiz Ausín representa un sobresaliente, la historia de un todo-terreno que ha brillado allá donde ha estado, el eco de un nombre que han admirado varias generaciones. Es mi caso, oí desde muy joven su nombre y ya venía rodeado de una leyenda. Un día leí uno de sus libros sobre la montaña palentina, y decidí que ese era el mejor libro que jamás había leído sobre eso que tanto nos apasiona a tantos. Otro día al verlo entre el público que me escuchaba en una conferencia, sentí hablar a una leyenda del palentinismo.

Ha sido un montañero, y un divulgador de la montaña palentina, Presidente de la Federación de Montaña y fundador de uno de los clubs más señeros, el Espigüete. Definir a alguien como montañero si es palentino, es saber que ama la resonancia de todos esos significantes que trasladan a una memoria colectiva: Curavacas, Pineda, Espigüete, Mazobres, Tres Mares, Golobar, Las Tuerces, Tremaya, Almonga, Puente Romano de Rojadillo, Rebanal, Valdecebollas, Cañón de la Horadada, Cueva del Cobre…Es como escribir un Libro de Horas de esos días felices embadurnados de esa luz única de nuestra montaña, de ese remanso de poesía que alegra una vida.

Leo Un andar solitario entre la gente, último libro de Muñoz Molina. Andar solitario entre la gente es frase de Quevedo. Pero ese andar solitario, que evoca el andar por la montaña, es un oxímoron en manos de alguien como Ausín, quien siempre anduvo rodeado de gente, producto de una estirpe en la que siempre se primaba lo colectivo frente a lo individual, el lazo social frente a este absurdo individualismo que enturbia nuestra época. Algo que puede leerse entre líneas en sus libros sobre la Palencia del pasado, en contraste a la ciudad de hoy, que se debate en no perder el amor por el asociacionismo, cuando ya todo está en contra.

Añadiré que algunos parecen haber tomado el elixir de la eterna juventud, como Ausín. Creo adivinar sus ingredientes: curiosidad insaciable, una vida repleta de honradez y esfuerzo, y la dosis justa de ingenuidad y olvido. Y haber subido al Curavacas.

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