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Hoy quería escribir acerca de mi lectura de la novela Murasaki del palentino Julio Baquero Cruz, lo mejor de lo mejor, pero en el último suspiro leo lo del padre de Oleiros. Y es que resulta que necesitamos iconos que nos abran camino, y valientes. Ni los textos de los pedagogos más lúcidos, ni lo que todos hablamos sotto voce, ni el common sense ha podido con esa lacra que son los deberes escolares en primero y segundo de primaria.
Parecía que el ministro Maravall, en los ochenta, había obtenido una buena ficción
jurídica e iban a desaparecer los odiosos deberes escolares, históricamente nacidos para
perpetuar las diferencias, para gozar autoritariamente del sometimiento, para fijar
dependencias e impedir el libre pensar.
Pero no. Y hemos contemplado en los últimos años un rearme ideológico de la cuestión
de los deberes escolares, envuelto en ese paquete de alabanza secular al sacrificio, a la
mortificación, a la renuncia al juego y a la sacralización del trabajo repetitivo y silencioso.
Unas gotas de sadismo no declarado, más un aceite de que todo va mal porque hay
derechos y no deberes, junto a una apelación idiota a la disciplina mal entendida, han ido
creando el cultivo necesario para que casi ya ningún pedagogo se alce frente a esa
barbaridad que supone imponer más tareas escolares a niños de seis y siete años, tan
favorecedoras, como se sabe, del ingenio y la invención.
Pues bien, en Galicia, en 1997, una ley prohibía esas prácticas de los deberes escolares
en esos dos cursos, primero y segundo de primaria. Ley, que como se sabe no estaba
hecha para ser cumplida. Además en tercero y cuarto de primaria los deberes sólo se
podían prescribir si desarrollaban creatividad o sociabilidad. Y ningún Centro la cumplía,
con el aplauso cómplice de unos padres deseosos de ver a sus hijos de siete años cada
tarde, ‘no perdiendo el tiempo’ y haciendo deberes, angustiados por el futuro y el fracaso
escolar, ya se sabe. Por padres que no saben cómo transmitir un deseo de saber ellos
solos, o cómo incorporar hábitos de trabajo sin la voz de mando.
Pero llegó el padre de Oleiros, y acudió a los tribunales, y ganó. Y ahora ningún colegial
de ese centro, al menos de un centro escolar, de esas edades, lleva tareas a su casa. El
enfado del resto de padres, sólo da cuenta de esa impotencia para ser imaginativos, para
soportar el infinito deseo de jugar que tienen los niños.
Murasaki puede esperar una semana para llegar a esta columna. Los deberes también
pueden esperar, todo a su debido tiempo. Y diré que a mí un trasto juguetón a los seis me
da menos miedo que un modosito puntual y cumplidor.

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