Saint-Exupéry hace decir en El principito al hombre de negocios del cuarto planeta que posee estrellas, (las cuenta, las recuenta, las administra), ante la objeción del principito de que no puede cortar las estrellas, rebatir que él puede depositarlas en un banco. Seguramente, tras pedir a un Rey que le diera una orden razonable, de preguntar a un vanidoso por qué le interesaba ser admirado, o de conocer el deseo de olvidar (imposible) de un bebedor, el encuentro con el hombre de negocios hace ver el razonamiento de un niño que se extraña de lo extrañas que pueden llegar a ser las personas mayores. En el supuesto de que existan.

            De existir, se podrían definir como aquellos seres humanos que perdieron la ilusión y dejaron de ser niños, esto es, dejaron de confiar en el de al lado. Si algo define a un niño es la fuerza con que se agarra a la mano del de al lado, (Musset: «No sé por dónde va mi camino, pero ando mejor cuando mi mano aprieta la tuya»). Gamoneda expresó muy certeramente en Niñez esa frontera entre el niño y el adulto a quien le roban su niñez.

            Hoy, precisamente es el día en el que niños de todas las edades salimos a la calle para mirar hacia la efigie de un Rey que sale en carroza para recordarnos que sin ilusión no es posible avanzar en la vida. Hoy, evocamos aun cuando solo sea un instante, algún recuerdo de nuestra niñez. Recuerdo, por ejemplo, que a mi abuela Josefa la brillaban los ojos este día, y su ilusión era tan contagiante, que es seguro que nunca dejó de ser niña cada noche del 5 de enero. Lo era por persona interpuesta a través de sus nietos.

            Y como ella, niños de todas las edades abarrotan las calles para vibrar con el canto sereno de un tiempo que nunca se va, aquel tiempo en que es posible olvidarnos de lo malo de nuestro mundo y en confiar a ciegas en unos seres extraños que vienen en carrozas acompañados de un séquito sacado de un sueño.

            La increencia se equivoca, pues sin noches como la de hoy, donde se cree a pie juntillas en un relato mágico, no podríamos entender la amistad, la picardía, el humor, la sorpresa, el signo de amor que vehicula un regalo (es absurdo asociar regalos con comportamiento, pues nunca se premian o castigan conductas, se ofrecen signos de amor), o la necesidad de la decepción como paso previo a una nueva ilusión.

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