Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

 

Oscuridades

            Nuestra vida interior a fuer de imaginar estar adentro ha mantenido en la literatura el marchamo de oscura, incluso de profunda, por ignota e inalcanzable. También la psicología puede verse como psicología superficial, de la conducta, o como psicología de las profundidades. Ocurre que nuestra vida interior es lo más externo puesto que se lee a través de nuestro lenguaje, se entresaca de lo que decimos y aún más de lo que callamos.

Magris tiene en esto un ejemplo princeps en su artículo titulado Berggasse, 19 en referencia a la calle y al número de la ciudad de Viena en la que laboró Freud, el fundador del psicoanálisis. Hasta allí viaja conducido por un taxista que le cuenta que cuando él estaba iba poca gente y que ahora iba todo el mundo (el taxista yerra en sus dos apreciaciones).

Y allí dentro, en lo que hoy es un Museo, las habitaciones a Claudio Magris le producen una impresión profunda a pesar de que ha acudido varias veces. Que Magris haya visitado en varias ocasiones ese especial lugar vienés que contempló las primeras sesiones de psicoanálisis, el primer diván, la narración de las primeras profundidades, dan cuenta de su interés por dar luz a sus oscuridades. De hecho Magris se fija en algunos objetos de Freud. Observa el sombrero, el bastón, un baúl de viaje, una cantimplora…Y aquí Magris da cuenta del gran escritor que es al definir en unas pocas palabras esa cantimplora: “una botellita con una funda de piel que llevaba consigo en los paseos por los bosques, que amaba con la precisa cotidianeidad del padre de familia.

Pero se fija especialmente en un maletín de médico. De hecho, después de preferir antes que a los ideólogos a los terapeutas, de quienes dice “con paciencia, ayudan a alguien a vivir un poco mejor”, habla de ese “modesto y tranquilizador maletín de piel”. Recuerdo aquí la idea de Freud de que no hay medicamento más tranquilizador que un puñado de palabras bondadosas. El maletín creo que le evoca la figura de su psicoanalista pues le hace pensar en “todos aquellos a quienes debo la escasa seguridad que poseo, la mínima y necesaria capacidad de convivir con mis oscuridades”.

Convivir con las oscuridades, con lo real que se niega a simbolizarse, con lo que no cesa de no inscribirse, es nuestra asignatura diaria, difícil de aprobar. Convivir con las oscuridades quizás sea saber hacer con lo que llevamos adentro, paradójicamente nuestra externa intimidad.

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