Hace unos días un grupo de amigos cantábamos en medio de una fiesta una canción de la época de la Transición. Será de las canciones más cantadas por toda una generación de los setenta, y posterior. Palo largo y mano dura para evitar lo peor rezaba una estrofa de esa canción de Jarcha, que se titulaba Libertad sin ira.

Bueno, parece una reliquia del pasado, el frenesí de una noche de verano, porque décadas más tarde, ese viejo aserto que pide usar el palo y la mano dura, los castigos y demás parafernalia, viejo aserto de gentes ‘viejas’ de espíritu, vuelve con fuerza, con mayor o menor publicidad y valentía de decirlo en voz alta, pero en muchos ámbitos de la vida social se sostiene la idea de que ‘para evitar lo peor’ hace falta mano dura, exigencia máxima, firmeza absoluta, y los superlativos no me llegan, pero el lector sabe a qué me refiero.

Ocurre que supone una ignorancia supina recurrir al palo largo y a la mano dura, sin calcular los retornos de esa política, sea con niños, sea con ciudadanos, sea con trabajadores…Los retornos son el odio, el silencio cobarde, la sumisión, la identificación al apaleador, el goce en el maltrato, la deshumanización, el campo de concentración generalizado.

Ocurre que las sutiles e invisibles formas de golpear con el palo y de actuar con la dura mano pueblan el estilo de muchas organizaciones, de demasiados colectivos, de bizarros capitanes de andar por casa. Ahora el nuevo disfraz son esas técnicas para cambiar los comportamientos, cuyo histórico ejemplo, que nunca debiéramos olvidar, fue la película La naranja mecánica.

Y resulta que las consecuencias para la ciudad de ese tipo de sujetos educados en el palo largo y la mano dura es el hombre-masa, un hombre preparado para admirar al jefe, para cultivar el culto a la personalidad. Ortega conceptualizó al hombre-masa como un niño mimado de la historia, es decir, que el palo largo y la mano dura obtienen el niño generalizado. Ese andar perdidos esperando un líder que nos pegue, que nos trate con dureza, añorar ese líder paternal que nos proteja, precisamente nos evita el asumir la propia responsabilidad de adultos libres.

Los griegos no temían que de la democracia se pasara al totalitarismo, sino a la propia corrupción: como diría Judt enPensar el siglo XX, las democracias se corroen lingüísticamente. Propongo a los jóvenes lectores de esta columna que canten, al menos una vez, Libertad sin ira. Y que no pidan mano dura, sino mano tendida.

  

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