Nueva Columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Parvulistas

Una amiga parisina me contó este verano cómo una parvulista había operado con su hijo, quien se había pasado buena parte del primer mes tratando de salir del colegio para regresar a casa. Al parecer la parvulista le permitía acudir tranquilamente hasta la puerta del colegio y entonces ahí, en ese límite, buscaba el modo de persuadirlo para que regresar de nuevo a su aula, cosa que hacía a regañadientes. Pienso que ese trayecto era su Fort/Da, la simbolización de la presencia/ausencia, el recorrido para aceptar separarse/reunirse.

Este relato me hizo pensar en el valor, la paciencia, y el saber hacer que desde siempre han tenido las maestras de los más pequeños, las que antes llamábamos parvulistas, hoy maestras de educación infantil. Apenas hay varones en esta profesión, no sé por qué; pero siempre he mantenido que debiera de ser el puesto de trabajo mejor remunerado, la profesión mejor valorada, el objetivo a conseguir por los más talentosos, si la sociedad no fuera mercantilista y ciega y pagara más a un economista que a un parvulista.

De lo que se transmite en esos años que van de los tres a los seis, sabemos ya hoy que va a ser determinante en varios ámbitos como el del gusto por la lectura, el despliegue artístico y la curiosidad científica, sin olvidar los pilares de la socialización. Son años fronterizos de la amnesia infantil (no solemos recordar nada anterior a los tres-cuatro años), lo que implica que olvidamos mucho de los años de párvulos, salvo impresiones y datos fugaces. No importa. Quizá el lector recuerde el nombre de su parvulista.

Lo que sabemos tras los grandes de la psicología evolutiva, los Piaget, los Montessori, los Vygotski, y las investigaciones audaces de un Freud, es que en esos años se producen encuentros, se realizan operaciones, se despiertan intereses, y se construyen habilidades que van a marcar para siempre el desarrollo de una persona.

Por no hablar de algo tan decisivo para el encuentro con los otros como el descubrimiento de la vergüenza, de la timidez, de la soledad, o decisiones subjetivas tan importantes como bien el desapego de las cosas o bien el cultivo de la tacañería y la posesividad. Todo ello bajo la atenta mirada de parvulistas, expertas en saber hablar a un niño como solamente ellas son capaces.

Y no olvidarse de su capacidad para lograr que un niño de tres años pueda separarse de sus adoradas y omnipotentes mamás, hablarse con un extraño, aceptar ser uno más, y dejar de ser por momentos, en feliz expresión freudiana, his majesty the baby.

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