Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

El goce de hablar. La tortura del pelma. El encuentro con el locuaz sin fin. La logorrea infinita. Dar la brasa. Duri dale, duri dale, duri dale.

Se los sufre en congresos, cuando son incapaces de percatarse de que ya nadie está escuchando. En conferencias interminables, tan caras al pelma. En la calle, cuando hay que hacer verdaderos malabares para evitarlos. En el tren, aburridos por el verbo constante de ese compañero de tren, aún más en la época en que no había cascos ni aparatos electrónicos. Y pobres de los oficinistas, funcionarios y empleados que tienen que sentarse ocho horas al día, (¡ocho!), junto a un pelmazo que no calla. Y pobre el marido de una pelma y pobre la mujer del pelma. Y aún mucho más, benditos sean los hijos de un pelmazo, ellos han conocido la peor de las esclavitudes: escuchar por obligación.

Todo el mundo sabe distinguir la figura del pelmazo permanente de la del pelma ocasional, porque, a ver, ¿quién no se ha puesto pelma alguna vez? Pero el constante nunca afloja, erre que erre, por tierra, mar y aire, incluso desde la cama de un hospital, cuando vas a visitarlo y piensas, al menos no hablará mucho. Craso error.

A veces alguien nos ha hablado de un pelma que no se calla ni en la ducha, ni cuando pasea por la calle, pues al pelma le gusta hablar solo, y pobre de ti, si te le encuentras un poco solitario y meditabundo, porque te soltará la recua de pensamientos de las últimas horas. A veces alguien nos ha hablado de un pelma que no se calla ni de noche, pues acostumbra a hablar también en sueños. A veces se ve muy bien la carrera del pelma del futuro en la manera pelma del niño que cuenta hasta el proceso de pensamiento que le lleva a decir esto y no lo otro. A veces, el pelma habla hasta con la tele, los perros, la máquina tragaperras, las fotos, y los muertos, claro, cómo no, precisamente su ser pelma implica evitar el agujero, el silencio, el silencio mortal.

Lo peor de todo es que el pelmazo que no calla destruye la belleza de la palabra, que, como escribió Flaubert, es como una cacerola abollada sobre la que tamborileamos melodías para hacer bailar a los osos, aunque en verdad anhelamos enternecer con ellas a los astros.

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