Cuando esta tarde presente Frenesí en el Auditorio Castilla, lo hará como cinéfilo, amante del cine o director de cine, pero de seguro que también lo hará como artista, pues Ramón Margareto es también pintor, escritor y guionista.

            Desconozco cuál sería la mejor definición de artista, quizá la de María Moliner: persona que cultiva una de las bellas artes. Pero prefiero la de Alain de Botton (autor de una obra profunda El arte como terapia) cuando entre una de las funciones del arte establece que es algo relacionado con el recuerdo, esto es, el arte serviría para evitar el olvido, al igual que la escritura, claro.

            Ya Borges sentenció que solo una cosa no hay, el olvido. Prestarse a no querer saber, a no desvelar lo que no se sabe, parece el destino óptimo de demasiados seres humanos incapaces de despertar en el mundo en el que habitan, nostálgicos de su pasado, de “sus tiempos”. En una palabra, olvidar es una afición muy extendida, que produce un bello sueño. Incluso hay quienes hablan de derecho al olvido. Desde luego, no es extraña aventura terapéutica, muchos se dedican profesionalmente a ello: ayudan a olvidar, a sepultar los recuerdos. Creen, incautos, que es posible.

            Finalmente, disponemos aún del artista, que se empeña en evocar lo que vivimos, en llevarnos de viaje a su mirada. Y así, Ramón Margareto, consigue su Premio Goya al mejor Cortometraje Documental con el significativo título de Memorias de un cine de provincias. En ese documental el narrador de recuerdos es el propio cine. Convendría no olvidarse de este documental y hablar más de él.

            Aún más significativo es que Ramón Margareto presente esta noche una película, de la que se pueda conversar después en un coloquio, precisamente en lo que fuera hace muchos años otro cine de provincias, el cine Castilla, escenario como el cine Ortega de sueños, ilusiones y de viajes de miles de palentinos a su memoria oculta. ¡Cuánto debemos al cine!

            Siguiendo la estela de la mirada del artista parece que estamos en mejores manos que en la de quienes proclaman un lema repugnante: “Olvídate y calla”.

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