Que el fracaso es más noble que el éxito, pues éste atonta, adormece y además es imitativo, lo firmaría con gusto un buen romántico de ayer, y de ahora.

            Cualquier proyecto que se precie, salvo los de negocio puro y duro, debiera de navegar en las aguas del romanticismo. Si consideramos que las bases del movimiento romántico, (lo que acontece entre 1760 y 1830) están suficientemente bañadas de pasiones que luchan contra axiomas universales, entonces, existe un hilo común a todos los románticos, de entonces (Goethe, Lord Byron, Carlyle, Víctor Hugo, Espronceda, madame de Staël, Kant…) y de ahora: la búsqueda de un ideal por el que se efectúan notables sacrificios, a la vez que la solidaridad con quien fracasa.

            Kant paradójicamente era romántico, se le considera uno de los padres del romanticismo, aunque odiaba la fantasía, prefería la exactitud de las ciencias, con su rigor y sus evidencias. Sin embargo afirmaba, por encima de todo, la libertad humana, la capacidad del hombre para elegir lo que desea, sin saber que más tarde iba a aparecer  Freud en la historia para enseñarnos que lo que se desea es ignoto, complicando aún más las cosas.

            Otro ideal romántico es elogiar a las minorías. Que no conviene confundir con la marginalidad y las autoexclusiones, ni las errancias sin fin. Quien se excluye del lazo social tiene otras razones, pero no son románticas, pues nada más interesado para un buen romántico que la máxima sociabilidad, la máxima integración en las empresas comunes con sus iguales, la unión con sus pares para alcanzar un sueño.

            La franqueza y sinceridad como ideal romántico, la de valorar más los motivos que lo que viene después, la brújula de no retroceder frente al deseo, nos topa siempre en la historia con las mejores gentes, las luchadoras por ese su sueño interior. Es verdad lo que dice Isaiah Berlin de que la imagen del siglo XIX puede ser la de Beethoven despeinado en su buhardilla ejecutando lo que hay dentro de sí: «se sienta en la buhardilla y crea». Románticos que tratan de vivificar al deprimido sujeto de nuestro tiempo, al perezoso acomodado de cada día, y de socializar al individualista gozador de nuestra época pueden ser los iconos del XXI.

            Sin desdeñar que coleccionar fracasos, saber perder sin buscar ser una víctima perpetua ni parecerse al derrotado pertinaz, haber escrito año a año un curriculum vitae plagado de fracasos vitales, profesionales, económicos, amorosos, constituyen una buena carta de presentación para entrar en el club de los románticos del siglo XXI.

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