«Yo me descubro ante el héroe que se lanza al interior de una casa en llamas y salva al hijo de su vecino; pero le estrecharé la mano si arriesga cinco preciosos segundos en buscar y salvar, junto con el niño, su juguete favorito». Nabokov trataba así de adentrarse en su concepto de sentido común en su Curso de Literatura europea. Reivindicaba un mundo como hogar del espíritu que contenía una inquebrantable falta de lógica.

En realidad es un lugar común decir que el sentido común no tiene nada de común, pues escasea. Pero esta idea de Nabokov es de otra dimensión, es una llamado a considerar el sentido común como opuesto al estado mental infantil y especulativo, y por ende adosarle a la lógica que encasilla e impide el acto heroico, el acto que no se somete al delineamiento del pensamiento frio.

El acto heroico, es ese acto que todos los días, sin publicidad, hacen quienes desde su modesto trabajo cumplen con vocación de servicio para ayudar a los demás sin esperar nada a cambio. Es el acto no sacrificial, pero sí generoso y entregado, silencioso, clemente, de quienes llevan toda la vida callando y currando, apostando por el encuentro amable y tranquilo con el otro, sin bulla y sin enredo. Un acto por sacar adelante su familia, su empresa, su profesión o su trabajo. Acto que no obedece a las leyes de la razón, ni de la lógica, ni del sentido común. Actos insensatos, cotidianos, que no escuchan el lamento de quien reclama menos entrega, menos pasión, más racionalidad. Actos despojados de sentido común.

Es ese common sense un enemigo declarado del sin-sentido. Pero claro, es justamente cuando por fin se acepta el sin-sentido esencial que preside nuestra existencia, cuando paradójicamente respiramos, y nos alejamos de enfermar de sentido.

Todo el edificio de Nabokov puede explicarse por esta final aportación que dejo al lector, resumen de su idea del sentido común: «Esta capacidad de asombro ante fruslerías, estos aportes del espíritu, estas notas a pie de página del libro de la vida, son las formas más elevadas de la conciencia; y es allí, en ese estado mental infantil y especulativo, tan distinto del sentido común y de la lógica, en donde sabemos que el mundo es bueno».

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