Frente a la idea extendida por momentos de lo importante que es hablar mucho entre los padres y los hijos, defiendo la lógica del silencio entre padre e hijo. Y la del secreto. Dos grandes conquistas de la humanidad, el silencio y el secreto, sin las cuales ninguna conversación se torna posible.

Cuando lo que circula entre un padre y su hijo querido es un torrente de palabras, podemos apostar a que una nube de malentendidos, de agravios, de palabras que hacen daño se acaba de instalar. En la queja de quienes tuvieron un padre con quien apenas hablaron siempre he encontrado una perla: una palabra o una frase imborrable que se recuerda, a veces en forma de refrán, que orienta en la vida, y que se repite generación tras generación. Y el amargor de quienes escucharon de labios de su padre palabras que sobraban.

El ruido de esas palabras que sobran, que se lleva el viento, que se pronuncian para hablar sin decir nada, ensordece. Es un ruido seco, molesto, como al que estamos tan tristemente acostumbrados en nuestro país cuando vamos en un tren, o nos sentamos a comer apaciblemente en un restaurante, es el ruido de miles de palabras que salen de la boca de comensales, de viajeros, y que inundan la atmósfera, poniendo de relieve lo mucho que gusta el parloteo, el goce de hablar por hablar, y a voces. En medio de ese vociferar tan nuestro, se agradece un poco de silencio.

Además todos los padres lo saben, hay cosas que no se pueden hablar con un hijo, y además hay cosas que todos los hijos saben que no se pueden hablar con un padre. Entonces ahí encuentro majestuoso al silencio, liberador, tranquilizador, amigo de una distancia que otorga un aura de solemnidad a una relación que no es como las otras.

Desde luego lo más difícil es callar. Y lo más gozoso el impulso de hablar sin pensar, de herir inútilmente con palabras que sobraban. Y aquí tenemos el ejemplo poco edificante de quienes dicen cosas que no piensan solo por el hecho de continuar de pie en una discusión. Los efectos son conocidos. Retirarse la palabra es una posibilidad, pero retirar la palabra a un hijo, o a un padre, es un fracaso para ambos del que es muy difícil recuperarse.

Mejor practicar el silencio, ese silencio que acepta al secreto como acto fundacional de una familia.

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