Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Silencio, silencio

No se me ocurre mejor palabra, silencio, para definir estos días en que el silencio es el objeto deseado por quienes viajan a sitios tranquilos, para desconectar, dicen, y aislarse del mundanal ruido.

Pero también por el silencio que atrona nuestras calles una noche cualquiera de esta Semana si salimos a escuchar ese silencio de los desfiles de los cofrades. De hecho, aquí, una procesión muy interesante se denomina así, Procesión del Silencio.

La exigencia de silencio se ha vuelto un requerimiento en nuestras sociedades. El ruido diario, las voces de unos y otros, ha llegado incluso a las pequeñas ciudades como Palencia, donde ya de buena mañana nos despiertan las cargas y descargas. Asimismo es generalizado el comentario de lo mucho que hablamos, y de lo poco que callamos (y que decimos, pues se habla para no decir nada). Incluso se sabe la distinción entre silencio taceo y silencio sileo. Mientras que el primero quiere decir algo, se dice eso de “silencio elocuente” para representar un silencio con un significado muy claro, el segundo tipo de silencio es inefable, no dice nada, es “silencio mortal”. Desde luego que el silencio es un modo de comunicarnos, si partimos de la base de que la comunicación humana es paradójica e incluye la incomunicación premeditada. Lo que merece la pena es escuchar el silencio, y respetar el silencio tanto como decisión personal, como necesidad de vivir sin tanto sobresalto.

Pero sobre todo es generalizada la idea de que hablamos a voces, lo que es lamentable cuando se está en un restaurante o se viaja en un tren. En España se habla a voces, se chilla, se eleva mucho el tono de voz. Y todo ello agota. Y entonces se busca el silencio, el recogimiento, el sonido de la naturaleza, huyendo del sonido humano.

Cuando en 1948, John Cage se introduce en la cámara anecoica en Harvard, donde todo sonido se aísla, buscando la experiencia de silencio absoluto, resulta que acierta a escuchar dos sonidos, escucha su sistema nervioso y escucha la circulación de la sangre por sus venas. Con ello queda demostrado que el silencio absoluto no existe. Conformémonos con el silencio relativo, con el silencio posible, con el no-todo silencio.

Por mi parte seguiré el enigmático aserto de Marguerite Duras cuando decía que escribir es también no hablar, es callarse, es aullar sin ruido.

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