Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Territorio de la ilusión

      Quienes se oponen al paradigma de la ilusión suelen argumentar que lo que procede del campo de la ilusión, del campo de lo imaginario, no es científico. Pero olvidan que justamente la ciencia ha ido avanzando a partir de paradigmas dominantes basados en ilusiones.

Pongamos el flogisto. Entre 1670 y 1770 (cien años, nada más y nada menos) toda la ciencia tenía como verdad científica que el flogisto estaba presente en todas las sustancias combustibles y se desprendía en la combustión, lo que no dejó de tener consecuencias fecundas para otros descubrimientos, pero el tal flogisto era una ilusión, un artificio más en la historia de la ciencia, repleta de ese tipo de construcciones, de paradigmas dominantes que merced a los inconformistas se van tornando en nuevos paradigmas (modelos, ejemplos, en griego).

Se sabe que el engaño es equivalente a la ilusión. Que cuando alguien está mal suele recurrir a decir eso: “he perdido la ilusión”. Lo que se debería traducir con “no está en condiciones de admitir ser engañado por él mismo”, y no con un impulso de dar ideas para ilusionar a la gente. No sirve porque es el propio sujeto quien debe autorizarse al autoengaño.

Sentadas las premisas, entonces nadie dudará de que entramos estos días en el territorio de la ilusión, y que entonces encontramos las distintas respuestas ante el fenómeno de la ilusión. Por un lado están los de la estirpe de la increencia, que desconfían de toda la cohorte de la ilusión, y optan porque su imaginación no vuele libre, amarrados a la cosa, fieles de las descripciones literales.

Pero por otro lado contamos con los devotos del territorio de la ilusión, entre los que me cuento sin duda. Sin ilusión, sin la magia, sin la fantasía no es posible acomodar nada salvo rodear el absurdo existencial, lo cual, por cierto, es coherente con las ilusiones. Y sobre todo sin los sueños, que nos permiten imaginar nuevos mundos, nuevos modos de encuentro social, nuevos elementos en común, empresas colectivas diferentes. Sin soñar, sin la música, sin el cine, sin la literatura o la poesía, sin lo lúdico estamos condenados al tedio. Un mundo sin juguetes.

De ahí que los días de Navidad sean más propicios a los niños, quienes aún no han perdido la ilusión, y son los reyes de este territorio. Quienes aún esperan, y no desconfían.

Son días en que los ojos brillan en los rostros de los del bando de la ilusión. Y en el ánimo de los que pueden engancharse y no desterrarse.

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