Es un viejo adagio vasco, todo lo que tiene nombre existe. Es cierto. Y no importa el tipo de existencia, pues una existencia figurada, emblemática, poética, también tiene su peso, a condición de que le pongamos un nombre.

En los Retratos de Memoria, de Bertrand Russell, encontré su anhelo-idea de que «la mejor parte de la historia humana no reside en el pasado, sino en el futuro». Lejos de intuir en esa manifestación el deseo del filósofo, y en un momento del periodo de entreguerras, parece ser verdad que la mera exposición de un deseo profético o de intuición, sienta las bases para su cumplimiento, como saben muy bien los motivadores de grupos. Lo que se incorpora al lenguaje hace acto de presencia por vez primera, existe. Además una mera y fugaz aparición de un vocablo da la pista de que algo nació, como cuando ponemos nombre a un futuro hijo.

Ahora bien, pero qué pasa cuando lo que hacemos nacer, lo que nombramos, es una simple estupidez. Pongamos por caso una mis palabras estúpidas favoritas: autoestima. Pues que si se apega a las astucias incansables del amor propio, derribarla del lenguaje común se torna un imposible, y aunque nadie sepa exactamente qué significa, su existencia es férrea. Comparémosla con bondad. No hay color. La estúpida se refiere al individualismo, la segunda al lazo social. Y una y otra son antitéticas, pues a las personas bondadosas les trae al pairo lo poco o lo mucho que se autoquieren,  y a las que se tienen en alta estima no tienen cerca a nadie con quien ser buenas personas.

Con todo ello nos damos cuenta de lo que acontece cuando nos nominan, cuando nos ponen una etiqueta, cuando nos insultan, y peor, cuando nos elogian. Pensamos que esos nombres son de verdad, pero su existencia depende del imaginario de quien lo pronuncia, y de hecho, si son ofensivas, hablan de la capacidad de odiar o del ser dañino del que nos habla. En realidad sólo son de verdad si nosotros nos hacemos eco. (Siendo también verdad eso de “difama, que algo queda”).

El final de un poema de Casilda Ordoñez, “Dejadme mi palabra. Es sólo mía”, me ha abierto los ojos acerca de lo importante que puede llegar a ser sabernos propietarios provisionales de las palabras con que nombramos las cosas que aún no existen.

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