Nueva columna de Fernando Martín Aduriz en Vecinos Ilustrados del Diario Palentino

Un viaje en tren

Era verano. Contaba con diecisiete años recién cumplidos. Subí al tren solo. Me disponía a ir al encuentro de unos familiares que me habían invitado a unas fiestas en un encantador y recio pueblo navarro. Había mucha luz. Y una mezcla de silencio y algarabía. Lo primero me acogía, lo segundo no era de esa hostilidad narcisista que ha venido después en los viajes en tren, sino de la alegría humilde de los viajeros que usaban el tren para ir de veraneo. Y recuerdo que se compartía la comida, que se pasaba la bota, tradición ancestral española en los viajes en tren. Y que se paraba mucho, en todas las estaciones imaginables, lo que daba pie a pensar, a mirar, a conocer. Más si eres un viajero solitario, ensimismado en lecturas.

De todos los viajes en tren siempre recuerdo éste por encima del resto. Luego, es verdad que también evoco un viaje a Santander siendo muy pequeño; otro en el Secundario, de Palencia a Villarramiel, junto a mi abuela Josefa, en ese viejo tren de carbón y asientos de madera, que fue desmantelado y en el que se rodó una película del Oeste; los viajes a París, al diván, durante tantos años, con toda la noche por delante; un recuerdo borroso de un viaje con amigos yendo a un campamento, ocho en un compartimento, sin dejar de reír un segundo, creo que camino de Alcudia; y otro desde Castellón regresando solo a casa, abandonando las vacaciones familiares para poder ir a otro campamento de verano; aquel de Santiago de Compostela, justo una semana antes del accidente de la curva de Angrois, en idéntico Alvia; y muchos a Madrid, a estudiar, y el más deprimente, uno a Alicante con petate. En fin, recuerdo, como todo el mundo, esos viajes, pero creo que todos tenemos un viaje en tren, que es el viaje en tren.

Desconozco la verdadera razón por la cual se alza ese viaje como el más añorado, pero sospecho que representa mejor que ningún otro el concepto de viaje soñado: sin prisas, con tiempo para mirar las estaciones, junto a la contagiosa alegría de la gente que viaja en verano buscando un trozo de felicidad, con desconocidos que comparten “la poca pobreza”.

Y por último la soledad. Viajar solo es una prueba, a cualquier edad. Pero viajar solo tiene un encanto especial a esa edad adolescente. Uno cree ser dueño de su destino.

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